lunes, 21 de junio de 2010

Un espíritu libre..




Y entonces pasó aquel tipo, de mirada enpozoñada y aires acaudalados, que con algo parecido a un rebuzno venidos de pulmones alquitranados se desmarcó de mi línea de visión.
Poco despues pasó un joven, algo despistado, que por momentos pareció clavar la mirada en mi marchito rostro pero que segundos después tan sólo me dedicó un gesto para que echase un lado.

- Claro -pensé- probablemente quiera entrar en la sucursal...Mientras pensaba lo pesado que se me hacía la indiferencia de la gente

Un indefinido tiempo después de aquello, una anciana de ojos apagados y mantilla negra me echó lo que parecía que iba a ser el salario mínimo del día acompañado de una triste sonrisa complaciente.
- A caballo regalado no se le miran las pezuñas, pero no me gustan los perdones, ya es suficientemente duro estar aquí....

Y así, fueron sucediéndole transeúntes a mucha velocidad, algunos niños con helados en la boca, otros llenos de bolsas en las manos, otros que parecían terriblemente preocupados y otros que sin embargo parecían dejarse llevar por la corriente. pero nadie se acordó de mi.

Aletargado y casi sin fuerzas para volver a levantarme un día mas, ví como se me acercaba un hombre relativamente joven y con aspecto un tanto desaliñado.
La noche se ceñía sobre el inestrellado cielo industrial mientras las avecillas celebraban el día cediendo sus despojos para adorno del aquel ya precioso lugar, cuando aquel hombre, que parecía intentar entonar una canción reparó en mí.

No parecía estar muy agudo de vista, de hecho parecía no estar muy agudo en general, y su olor corporal no tardó en delatarlo; sin embargo, se sentó cerca de mí, y decidí esperar su reacción.
El hombre comenzó a hablar, y aunque no podía entender nada, traté de seguirle los gestos lo mejor posible. Siguío y siguió hablando y parecía tener mucho que decir, porque no sólo no cesaba en sus acciones si no que a juzgar por sus gestos parecía aumentar el tono de voz y la agresividad de éstos.

De vez en cuando me miraba y se reía vagamente, como esperando una respuesta de su comentario, pero antes de que intentara responderle volvía a la carga con nuevas interpretaciones de su historia. Con total naturalidad, levantó, y mirandome fijamente mientras me señalaba con el dedo, comenzó a llorar. En ese momento la luz de una farola era esclipsada completamente por su figura y aquello se tornó a una auténtica entrada en escena.

Sin más, como si estuviera perdiendo el juicio, empezó a contonear los brazos, mientras abría la boca con ímpetu incansable, como, si estuviera interpretando una auténtica obra de Enrico
Caruso. De repente, como venido de todas partes, comencé a escucharlo. al principio era un sonido seco y ahogado, pero pronto se convirtió en una maravillosa interpretación digna de la mejor obra del fantasma de la ópera.

Su protagonista giraba de un lado a otro, se dirigía hacia el resto de actores y estos le repudiaban, como si fuera una bestia a la que nadie quiere comprender. lloraba, reía, bailaba, se caía al suelo y pataleaba y se volvía a levantar para agarrarme de la chaqueta mientras me duchaba con lo que si no me equivoco debía ser vodka, mezclada con una fantástica y amarga mirada de desesperación absoluta. Fue una interpretación maravillosa.
Fue, como volver a tocar el cielo.

No sé cuanto duró pero cuando abrí los ojos ya no había rastro del protagonista. Diezmado por su calidad debí cerrarlos mas tiempo del que creí y no pude despedirme personalmente. Aún así, me pareció apropiado un buen aplauso.
Para entonces todo el público había abandonado la sala y yo empezaba a ser consciente de lo que me rodeaba. pero aquella sensación y recuerdo ya nadie podía arrebatarmelo.

Quizás fuera sordo y me faltara un brazo, y quizás ya me había olvidado de como era mi voz. Quizas ya no supiera lo que era volver a tocar el violín, y quizás me había convertido en un ser horripilante. Pero aquel hombre, ahogado por su desgracía, me había hecho recuperar la fe en la imaginación, en la mente humana, y en los deseos.

Eso si que nadie podía arrebatarme....

martes, 1 de junio de 2010



La inmensidad de todo lo que acontece ante mis ojos me provoca una extraña de serenidad... que si bien pudiera ser producto de la genial combinación entre su geografía y tradición, cada minuto que paso tendido ante ella me convence más de que quizás venga por la complicidad del mar con sus lugareños.


Playa de la concha