Hace ya algún tiempo leí un libro que cambió mi perspectiva del amor. Se llamaba El viajero, de un escritor llamado John Twelve Hawks, un nombre, que con un pelín de perspicacia puede descubrirse que es falso. Es decir, un nick; un pseudónimo que utilizaba el autor para mantener la coherencia con su extravagante aunque cabal versión de la realidad. No quiero entrar en profundidad con el argumento en sí, porque bien poco tiene que ver con el amor; al menos no con el que pretendo mostraros, aunque sí con el azar.
Y os preguntaréis de qué va esto, ¿del amor, o del azar?. Pues como ya voy vaticinando, con ambos.
Después de muchas preguntas y muchas decisiones tomadas he descubierto que existe una estrecha relación entre ambos. De hecho, también puede llegar a ser harta complicada, puesto que la mayoría de gente no ve el sentido a tomar decisiones en las que esté implicada el amor con una herramienta tan caótica como el azar.
La protagonista de este libro, llamada Maya, es una especie de guerrera del siglo XXI que lucha contra el sistema con las armas propias del siglo XXI, internet, las grandes telecomunicaciones, la publicidad ( más bien evitándolas ) , también algo de blasón rústico, como katanas... pero su gran arma, lo que verdaderamente despieza y desarma al gran sistema, el azar. En su día a día blandía un dispositivo pequeño que al presionarle un botón salía una opción u otra, como un sí y un no, algo parecido a lo que salía en el anuncio de AXE click. Cada vez que tenía que tomar una decisión, de la cual, actuar con lógica e inteligencia podía ser más un obstáculo predecible que una ventaja, dejaba esas decisiones al azar para que de alguna forma, no dejara ningún rastro, puesto que no actuaba bajo ningún patrón deducible, de forma que así siempre evitaba al sistema y siempre se mantenía al margen. Eso quizás le hacía más fría, pero a su vez le hacía respirar con más tranquilidad, no sólo porque garantizaba su libertad un día más, si no porque su conciencia quedaba tranquila, puesto que, pasara lo que pasase, nunca recaería sobre ella el peso de la culpa, ya que ella, en cierto modo, y siempre que se tenga predisposición a verlo así, no era la verdadera ejecutora, era... el azar, el destino, o como plazca llamarlo.
Estando más de acuerdo o no en general con esta forma de concebir el mundo, pensé en extrapolarlo a las decisiones más cotidianas, tanto a las profundas como a las banales. Simplemente, empecé a tomar ciertas decisiones lanzando un dado al aire. Aquellas decisiones, en las que, ante el amplio abanico de posibilidades de las que eres consciente a priori que todas pueden llegar a tener desde consecuencias nefastas hasta venturosas, decidía dejarlo en manos de la probabilidad de que salga una opción u otra, y lo cierto es que tenía consecuencias bastante curiosas y a tener en cuenta.
Te autoimpones, digamos, a que, lo que toque, has de asumir, con todas las consecuencias. Pero en todo el proceso previo has estado elucubrando sobre qué ocurriría si sale una opción u otra, en lo bueno y lo malo, de forma que de repente se crea una atmósfera de emoción en un asunto que en principio no debía de ser trascendente, consigues despertar el cerebro, y se dispara cierta adrenalina que te hace sentirte útil y patícipe de un juego en el que eres el máximo protagonista. Se que puede sonar tremendamente exagerado, pero teñir las decisiones cotidianas con ese toque original puede arrancarte más sonrisas de lo habitual y lo que es más importante, puede ayudarte a desviar los malos pensamientos casi inconscientemente.
Y tan sólo estamos rascando la superficie. En el amor, la única variable que siempre tiene resultados positivos, y que siempre mantiene vivo el espíritu es la originalidad. o más bien la ausencia de aburrimiento. Dejar tomar ciertas decisiones al azar, siempre consciente de que cualquiera de ellas puede ser igual de buena o mala, hace que a partir de ese momento todo sea desconocido e intrigante, provoca tomar decisiones valientes que por tí mismo no hubieras sido capaz, como decirle a una persona lo que sientes por ella, o tan terriblemente cobardes que te empujen volver a intentarlo, porque precisamente quedaste con esa intriga de que hubiera ocurrido si hubiera tomado esa otra opcion...
Supongo, que para simplificar, estamos de nuevo ante algo que puede hacer nuestro mundo un poco mejor, y ademas algo real, puesto que ese azar no inventa, no crea una mentira, si no que enriquece la verdad. Hace que una decisión que podrías haber tomado con lógica quede en manos de algo inexplicable, aunque realmente sí estés tomando esa decisión.
El azar, personalmente, me confirma que el mundo es todo lo maravilloso que tu quieras que sea.
miércoles, 23 de febrero de 2011
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