miércoles, 26 de octubre de 2011

La soledad Ipanema

          No tratáis en ocasiones, y hacéis óptimos esfuerzos por recordar momentos concretos de vuestra infancia? Y más que momentos concretos, diríase, los sentimientos que os invadían en esos momentos concretos? Generalmente no piensas en ello, o al menos no suele ser un factor determinante en tus decisiones cotidianas, pero pienso que con el tiempo te ves arrastrado con mayor susceptibilidad a tratar de recordar con la mayor nitidez posible digamos, qué decisión hubiera tomado yo en ese momento; O… cómo habría reaccionado yo ante tal situación, cuando aún vagaban constantemente por mi cabeza pensamientos ilógicas e irracionales aunque cargadas de ambición?. Dicho también de otro modo, cómo consigo simplificar esto? Qué se supone que habría dicho o hecho un servidor en estas circunstancias, con total ausencia de previsión y lleno de espontaneidad?.
                Claro que no todos hemos sido espontáneos o irracionales con 15 o 4 años. Por ahí hay algunos que ya nacieron con una cabeza muy bien amueblada. Aunque ni siquiera ésos se han librado siempre de tomar decisiones, digamos, “erróneas”. Creo que todos tenemos esa necesidad, como que todos necesitamos creer en algo, aunque sea creerse que no se cree en nada. Y es recurrente. Es útil. Incluso a veces emocionante.
                Y no nos remitamos únicamente al hecho de tomar decisiones, ampliemos la visión al simple disfrute de recordar por segundos al menos lo que fuiste en su día. Recordarlo, y analizarlo comparativamente con cómo somos ahora, convirtiéndonos en los mejores críticos de nuestra biografía. Pensar en lo que en aquellos momentos nos proponíamos que llegaríamos a ser, o lo nos creíamos que éramos y después no teníamos cojones de ser; lo que tratábamos de aparentar y nunca alcanzábamos a convencer. Y recordarlo con nostalgia, con cariño, y también, como antes mencioné, con autocrítica.
                Cuestiono, ¿Hemos cumplido las expectativas? Somos y hacemos lo que en su momento queríamos ser o sentimos lo que añorábamos sentir? El caso es que vivir en Brasil está siendo, en uno de sus múltiples aspectos, una constante reminiscencia a muchos momentos concretos de mi infancia, o más bien, como apunté antes, a lugares concretos de mi memoria. Esos lugares en que realidad e imaginación van de la mano, y que apenas puedes distinguir de quién de ellos se trata. Pero, qué más da? Lo maravilloso es la sensación que produce el encontrarte la puerta abierta a lo más profundo de tus pensamientos, como si a llegar aquí me hubieran concedido una llave maestra para usar en momentos concretos del día, y realmente abundantes.
                En parte, el evidente atraso industrial de este país recuerda a la ya olvidada España de los 80 y 90, antes de que internet y demases tecnologías invadiesen aquel mundo para dar lugar a la nueva revolución industrial, cuando aún utilizábamos las cabinas telefónicas, o alguien salía de casa y tenías la incertidumbre siempre de saber dónde estaba porque aún no era “obligatorio” llevar teléfono móvil, o quizás por falta de medios... Cuando aún todos los niños salían a la calle a jugar al escondite o al futbol o yendo al colegio andando con sus abuelas o jugando en cualquier plaza vacía, por pequeña que fuere; si acaso algunos juegos de aventuras en el Windows 95 en los que flipabas jugando con papi por la noche.. Os acordáis? Ofrece con sutileza atisbos de aquel mundo inocente.     En el fondo no estoy hablando de nada que os pueda ser familiar. Incluso a día de hoy, si agudizas la vista, aún puedes ver que hay gente que se niega a formar parte de este cambio. Pero sabemos que es inevitable ese cambio, y más aún conforme vas creciendo. O es que, nadie se preguntaba en su infancia porque los mayores no querían jugar a los legos, si era superguay??
                A lo que quiero llegar, es que desde que estoy aquí aprovecho cada minuto, entre otras muchas cosas, a revivir esos momentos, ayudándome de esas caras inocentes que aún sí conservan algo de ese pasado que me niego a olvidar, pero no por necesidad, ni para sentirse uno mejor, sino porque, ¿Por qué hacemos cosas en esta vida si no son para vivirlas, y una vez vividas, tratar de recordarlas el resto de ella?