viernes, 8 de junio de 2012

Salvador...


Por fin vuelve la luz... Es una luz tenue  aunque intensa en su dirección de origen. Es la inevitable caída precia al futuro alzamiento del día de mañana.
Sólo escucho portugués, y aunque lo he reconocido al instante, se me torna distante e ininteligible, difícil de mascar. Pero enseguida se suceden en mi cabeza una serie de pensamientos que escapan de los tentativos y profundos confines del sueños para llevarme en volandas a m,i impredecible y solitaria realidad actual.
Los destellos de sol aún poseen la fuerza suficiente para reflejar apenas una esquela difuminada de mi rostro adormilado en el translúcido plástico. Llevo mi típica cinta en el pelo, y aunque no pongo en tela de juicio su verdadero acometido, razón de más para llevarla, la veo si no más ridícula que nunca. Me cercioro de no tener nadie a mi alrededor, cuestión que comienza cumplirse con bastante acierto. Una de mis primeras reacciones parece me hace sentir aplomo por el ridículo que me estoy ahorrando, pero una segunda reacción, más tardía y  paciente, la cual se materializa mediante un sutíl arqueo de ceja, me recuerda que en realidad no me importa un carajo llevar esa cinta en el pelo, nunca me importó.. Entonces bajo la baliza al curso de estos pensamientos; bostezo, y pienso...

- Qué contradictorio y estupido!

Y acto dseguido despierto.


Estoy de caminmo a Salvador de Bahía, un viaje precipitado de razones precipitadas, que en su inicio me provocaron varias dudas que con el tiempo fueron aplacándose.
Ahora la incertidumbre hace florecer de nuevo esa emoción por el desconocimiento, y ello me embarga de felicidad.
El paisaje a mi alrededor se antoja sereno, no especialmente verde, aunque sí equiparable a las magníficas campiñas que te dan la bienvenida a terras galegas. Está ya casi teñido de rojo y ahora las copas de los árboles  realizan el contraste crepuscular, proyectando grandes sombra sobre los inmensos valles vaticinando la llegada de la que, espero que así sea, una estrellada y radiante noche.

El horizonte se apaga a mi espalda y deja, por fin, paso al desfile de luces que se deslizan hasta donde alcanza mi vista. Como dándome una calurosa bienvenida..