Mis orejas están cada vez más calientes y ya puedo percibir levemente el olor a keroseno quemándose...
Soy preso en esta habitación de abeto blanco barnizado; soy el duende solitario.
Siento como una ola de amarillo azulado tenue invade la habitación y la va ocupando poco a poco, como si de un espectro se tratase, trayendo consigo un olor entre jazmín y hojarasca otoñal; soy el duende sensorial.
Las ancianas páginas del gigante volumen que estaba en el atril comienzan a agitarse de un modo quase revelador, clarividente, anunciante, sintomático con mi estado y la situación que se avecina, aunque no alcanzo a percibir si lo es en mi interior o allá fuera a través de los translúcidos ventanales; soy el duende sagaz.
Esas páginas de prosa lírica narran la historia de un héroe sin igual, un héroe de mundos, de aquellos que eran capaces de sacrificar todo por una persona ajena a ellos a la vez que eran capaces de ser lo suficientemente fríos para cortarles la yugular a una decena de ellos conocidos, si la situación lo requería. Me gusta leer ese libro cuando el asunto se vuelve turbio y confuso; soy el duende calmado.
La luz de la vela de keroseno en el interior proyecta mi cuerpo en el translúcido ventanal; imagen que, acompañado de la incipiente oscuridad exterior, comienza a cobrar una nitidez anormal que parece otorgarle vida. Soy yo, sin duda, pero su mirada no parece corresponderse con la imagen que acostumbro tener de mí. Él parece más seguro de sí mismo y parece comenzar a controlar esta insólita situación; soy el duende confuso.
- El regocijo de tu alma es tu mayor pecado, campeón. -Dijo la proyección-
- Qué cojones eres exactamente? - Dije yo, aún, con fuerte escepticismo -
- Soy el duende maestro y tú, el duende autocompadeciente - Dijo la imagen difusa
- Tan sólo eres una proyección de mis sentidos primarios. No voy a dejar que me arrebates la cordura. -Dije con cierta desazón-
- No hablas con propiedad. La cordura es, al final, la sensación de paz que te invade cuando te sientas y repasas lo que has hecho, y nada de ello lo obstaculiza. Tú, en cambio, estás recluido en esta bella prisión. - Dijo el espectro -
- En ese caso ya no debo tener muchas razones por las que vivir. Estoy solo y apenas soy capaz ni de mirar a través de tu ventana. Aquí, el tiempo es invariante, y ese letargo agudiza la depresión. Para mas inri, te acabo de inventar. - Dije, ya casi sin esmero -
- La soledad forma parte de tu autoconvencimiento, estás solo porque quieres estar solo. Y mi presencia aquí, al contrario de lo que insinúas, es meramente esperanzadora. - Dijo el duende maestro -
- En ese caso, que he de hacer, pues? - Dije yo -
- Abre la ventana. - Dije yo -
El paisaje era sublime; la lluvia, apenas imperceptible, se posaba levemente como las hojas de azahar sobre mis toscos dedos. Aún al horizonte se divisaban atisbos de luz menguante, dejando aquel lugar cubierto de nubes bermejas. Salí por la ventana casi de un salto. Me desprendí de todo lo que no fuera mi alma y disfruté del canto de las garzas y el chapoteo del agua con las hojas de los abedules. Qué imagen tan sublime...
Era el duende aprendiz


