Así que suspiré y opté por la última opción a la que pienso que ha de tender una persona en una situación así, apelar a la bondad de la gente. Y eso hice. Me armé de valor (porque ya os digo, hace falta valor para ello) y me levanté, fui al comienzo del pasillo del autobús, (consciente de que la mayoría de pasajeros estaban al tanto de mi situación), suspiré de nuevo y recité el discurso que ya varios minutos antes había estado ensayando para mis adentros. Si no recuerdo mal, fue más o menos así.
----------
En ese momento, a pesar de que comencé el discurso con gran fuerza, mis palabras se fueron apagando, ahogando, como cuando cubres una vela encendida con un vaso y ves como la falta de aire mengua progresivamente la llama.
Miré en derredor y fui analizando la cara de cada uno de los pasageiros. Los más ancianos me miraban con una lástima que hasta me daban ganas de llorar de la vergüenza y de la impotencia. Algunos de mediana edad agachaban la mirada con disimulo, deseando salir de tan embarazosa situación. Algunos incluso reían... en fin, me quedé mudo; dije con voz entrecortada Obrigado, intentando mantener la cabeza suficientemente alta, y tiré al fondo del pasillo, donde me esperaba mi solitaria plaza. De camino, un señor mayor me soltó 10 reais.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)



No hay comentarios:
Publicar un comentario